Holocrón: Diario de un Jedi [Grabación 00.001.01]

Holocrón: Diario de un Jedi [Grabación 00.001.01]

—¡ Las tropas imperiales han entrado en el sistema!

El caos reinaba por doquier. La gente corría despavorida, intentando esconderse en sus hogares. La HoloRed había sido controlada desde hacía días por el recién surgido Imperio.

Durante los cerca de tres años que trabajé para Ram, nos habíamos enterado de la victoria republicana en las Guerras Clon, de las innumerables bajas Jedi, así como del creciente recelo hacia éstos. Del profundo respeto que se profesaba a la Orden Jedi, se había llegado a crear una opinión pública de temor y desconfianza. Era evidente la manipulación de la información, como en casos como los de la batalla de Cartao, en que el fatídico desenlace se inculpó a los Jedi, haciéndoles responsables de la muerte y destrucción ocasionada en un ataque suicida. ¡En nombre de la Fuerza! Cualquiera con dos dedos de frente sabría que los Jedi no hubiesen permitido aquella matanza. El respeto a la vida es una de las mayores directrices de la Orden. Aquella no era la solución diplomática que siempre se buscaba. Nadie podía creerse aquella versión de los hechos… Pero lo creyeron. Algunas voces clamaron justicia y raciocinio, pero fueron acalladas sutilmente en la mayoría de los casos, brutalmente en los peores.

Además, estaba la Orden 66… Nadie sabía con certeza cuántos Jedi habrían sobrevivido a aquella Purga Jedi, si es que había alguno más. ¿Qué habría sido del Consejo Jedi, de los grandes Maestros Jedi? Mace Windu, Plo Koon, Ki-Adi-Mundi… ¡El Maestro Yoda! ¿Qué habría sido de ellos? Y los padawans… Prefería no pensar en ello. Había sentido una gran perturbación en la Fuerza que indicaba lo peor, poco antes de que el Canciller Supremo de la República hiciera pública la supuesta rebelión y traición de los Jedi hacia la propia República y su propia persona.

Ahora, el recién autoproclamado Emperador Palpatine había desplegado sus tropas para “mantener el control y la seguridad” en todos los sistemas. Y le llegó la hora a Mu’un V, aquella luna que orbitaba entre el planeta principal, Hi’isp, y su mayor luna, Si’is II.

No era por su interés económico, pues no poseía grandes industrias ni atraía turismo de ningún tipo. A decir verdad, se le podría considerar como una simple luna-dormitorio, ya que allí abundaban las viviendas de los trabajadores de ambos planetas.

Era por el simple control de la población.

Eran súbditos y trabajadores en potencia, y no se iba a permitir ninguna posible rebelión. Había que reprimir cualquier intento antes de que surgiera la motivación. Aún más cuando eran colonos muun, especie partidaria de los Separatistas durante las Guerras Clon.

En pocas horas tomarían el control de Hi’isp y Si’is II, y no tardarían en llegar a Mu’un V. Había que evacuar sin demora, pues no todos estábamos dispuestos a ser gobernados por el Nuevo Orden.

Tan pronto como la HoloRed local se hizo eco de la noticia, Ram me avisó por el intercomunicador de mi habitáculo. En aquel momento me encontraba meditando en mi única hora libre del día, justo tras el almuerzo, la hora más apacible de la jornada, por lo que mis servicios eran menos necesarios. No tardó en subir para hablar conmigo directamente, pues desconfiaba ya de cualquier medio de comunicación. Las escuchas imperiales empezaban a ser usuales.

—Hay que salir como sea de aquí, Delan —apremió Ram nada más abrirle la puerta—. Y tú el primero. La cabeza de los Jedi está muy bien pagada y no pararán hasta eliminar al último.

—Pero, ¿y tu negocio, Ram?

—Soy un buen camarero. Cualquiera se pegaría por contratarme. Probaré suerte en Tatooine. Allí conozco a un colega que quizá me ayude a encontrar un buen local. Wuher no es muy amable, pero trabajando en la cantina de Chalmun, la más conocida de Mos Eisley, no creo que tema que le vaya a quitar el puesto ni nada parecido. De todos modos, no pienso quedarme aquí, esperando a que el Imperio me expropie mi local. Tenía un comprador detrás desde hace tiempo y creo que le voy a dar una buena sorpresa. No sabe la que le espera. El problema es contigo. ¿A dónde irás tú?

—He de cumplir con mi cometido. Llegué a este lugar a defender a su gente. Me quedaré a luchar.

—Estás loco si piensas que podrás tú sólo con todas las tropas imperiales que lleguen al planeta. Nadie va a luchar a tu lado. Nadie puede luchar contra el Imperio. Es una locura. Ve con Thaw. Está ahí abajo, intentando reclutar a gente para su nave. El Imperio le ha expropiado su negocio por considerarlo ilegal. Pero él ha escapado en su nave y no va a cejar en su empeño por seguir adelante. Creo que es lo mejor para ti. Y si de verdad quieres ayudar a la gente de este planeta, ayúdalas a escapar como refugiados en la nave de Thaw. Él está dispuesto, ya lo hemos hablado. Me llevará en su nave a donde yo le pida. Es lo mínimo, después de tantas copas como le he apuntado en su cuenta y aún me debe —dijo Ram, guiñándome un ojo—.

—Me parece buena idea, y dadas las circunstancias es mi mejor opción. Gracias por ser tan buen consejero, Ram. Ha sido un placer trabajar para ti.

—Y si quieres, puedes seguir haciéndolo. Pero me parece que el trabajo que te va a proponer Thaw te va a ser más atractivo que pasarte las horas tras la puerta de entrada, esperando a que algún borracho intente algo. Recoge tus cosas y acompáñame abajo. Date prisa. El Imperio no tardará en hacer acto de presencia.

Junto a la barra encontramos al calamariano charlando con un shistavanen de aspecto feroz, pero con similar actitud desinteresada ante la propuesta de Thaw. Al vernos llegar, aprovechó la situación para despedirse del calamariano.

—¡Hola, Delan! —me saludó Thaw mientras me daba la aleta en actitud amistosa—. Contigo quería hablar. Supongo que Ram te ha comentado mis planes…

—A decir verdad, he preferido que se lo explicaras tú mismo —aclaró Ram—. Sólo le he contado lo que el Imperio ha hecho con tu negocio.

—Bien, pues te explico: ahora que no tengo negocio legal, no tengo problema en dedicarme a lo que yo quiera, y dada la actitud del Imperio para con los comerciantes independientes, voy a cambiar mi política de manera radical. Devolveremos todo aquello que el Imperio usurpe. Contando, no obstante, con una pequeña parte por los servicios prestados a la comunidad. Pero para ello necesito una tripulación para mi nave, pues mis tres colaboradores humanos han preferido unirse a la causa del Imperio y alistarse a la Armada. Es por ellos por quienes me encuentro ahora mismo en esta situación, y quizá algún día les dé su merecido. La pregunta es: ¿Estás dispuesto a unirte a mi tripulación?

—Es una causa noble —contesté—, por la que cualquier Jedi estaría dispuesto a dar su vida…

—Procura no decir eso en presencia de tanta gente. No creo que deba recordarte que los Jedi están siendo perseguidos por el Imperio. Supongo que habrás oído hablar del incidente del Templo Jedi.

—Estoy enterado de ello.

—Alertado quedas. Intenta no activar tu arma a menos que sea necesario. Cualquiera estaría dispuesto a delatar tu presencia a las tropas imperiales —me aconsejó Thaw—. ¿Vendrás conmigo entonces? Nuestra primera misión será evacuar a los refugiados del planeta. Mi carguero mon calamari es lo suficientemente grande como para transportar holgadamente a cientos de personas y ya tengo una buena lista de gente que está dispuesta a salir de aquí.

—De acuerdo, ¿cuándo partimos?

—¡Ahora mismo! —gritó Ram, señalando la pantalla en la que la HoloRed local mostraba el desembarco de las tropas en Mu’un V—. En menos de una hora estándar estarán sobre nosotros.

—No —dije serenamente—. Ya están aquí.

De repente, de una patada se abrieron las puertas de la taberna. Con toda aquella conversación había tardado mucho en percibir la presencia de aquella guarnición de tropas imperiales. A causa del sobresalto, un rodiano inquieto sacó por instinto su arma y disparó a un soldado de asalto. Aquel error le costó la muerte instantáneamente, ya que los soldados abrieron fuego contra todo lo que se movía.

Al parecer, Ram era el único en el local que no portaba un arma, pues ningún otro se ocultó tras la barra, sino que comenzaron a disparar contra los soldados.

Siguiendo el consejo de Thaw, evité sacar mi sable de luz y le arrebaté con la Fuerza a un soldado imperial su bláster E-11. Esto lo dejó momentáneamente aturdido, instante que aproveché para dispararle y, con un gesto de la mano, empujar con la Fuerza al resto de la guarnición. El resto de clientes de la taberna disparó indiscriminadamente a los soldados que habían caído al suelo y salieron corriendo del local.

—Buen trabajo, Jedi —me felicitó Thaw—. Vas a serme muy útil. Ahora, salgamos de aquí.

—¿Está muy lejos tu carguero? —pregunté mientras salíamos corriendo a la luz del día y nos ocultábamos en los callejones cercanos, acompañados de Ramthura.

—Tengo al Arrecife de Diamante muy cerca de aquí, en un muelle de atraque que está tres calles más allá.

—Pero, ¿qué pasa con los refugiados?

—Ya están a bordo. Seguidme.

Corrimos cuanto pudimos camino del muelle de atraque. Sin decirles nada, creé una burbuja de calma en la Fuerza para ocultarnos mientras corríamos, como aquella que le había costado la vida a mi Maestro y que ahora esperaba que salvara muchas vidas.

Por aquellas callejuelas no pasaba mucha luz, por lo que era aún más fácil ocultarnos. Pero nos equivocábamos al pensar que no estaban vigiladas. Ya quedaba poco para llegar cuando tres soldados salieron a nuestro paso desde una bocacalle lateral. Ya habían registrado las casas colindantes.

No podíamos pasar por allí. Nos cortaban el camino.

Ram y Thaw se quedaron petrificados instantáneamente, sin saber que no podían ser vistos. Les hice una señal y se acercaron sigilosamente junto a mí hasta alcanzar a la guarnición imperial. Cuando estuvimos lo suficientemente cerca, alargué mi brazo y corté a los tres soldados por la mitad de un solo tajo con mi sable de luz. Volví a desactivarlo con la misma rapidez con la que lo había accionado.

—Te dije que no sacaras tu arma Jedi —me reprochó Thaw.

—Ha sido más silencioso y eficaz que cualquier disparo de bláster —contesté.

—Dejaos de cháchara —avisó Ramthura—, no estamos muy lejos. Corred.

Al final de la calle encontramos la entrada trasera al muelle de carga de Thaw. Para evitar que el Imperio tuviera conocimiento de que estábamos allí, evitamos abrir la puerta pulsando los códigos en el panel. Utilicé mi sable de luz para abrir un agujero por el que pasar a través de él.

—Ahora sabrán que hay un Jedi en mi nave. Ningún otro arma abre las puertas de esta manera.

—Ningún otro arma corta en dos a soldados como los que hemos dejado atrás. No sería difícil seguir nuestro rastro al tener constancia de esas bajas en sus filas.

—Por eso no quería que sacaras tu arma.

Pegué una patada al círculo incandescente que mi sable de luz había hecho sobre el panel metálico de la puerta al hangar y entramos por él.

La primera impresión que tuve sobre el carguero del calamariano fue de una gran presencia. Aquella nave parecía estar cargada de cientos de seres de distintas especies. Además, parecía imposible que en un muelle de atraque tan minúsculo pudiera contener un carguero tan enorme.

—La nave está a punto. Partamos antes de que las tropas imperiales se percaten de nuestra huida.

Subimos directamente al nivel del puente de mando, de color tan blanco como la nieve, y despegamos en cuestión de segundos hacia la vastedad del espacio.

CONTINUARÁ

Esta historia ha sido escrita por Santiago Benítez Buitrago en abril de 2005. Queda prohibida su reproducción total o parcial por cualquier procedimiento sin permiso escrito del autor. Los personajes aquí descritos son ficticios. El Universo Star Wars se ha tomado como referencia y es propiedad de LucasFilms Ltd, y citado sin ánimo de lucro.
Para cualquier comentario relativo a esta historia, escribe a gardek [dot] mon [at] gmail [dot] com

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