Holocrón: Diario de un Jedi [Grabación 00002.03]

Holocrón: Diario de un Jedi [Grabación 00002.03]

La bodega aparentaba estar más llena que de costumbre. De hecho, aunque no fuera así, sí había más objetos valiosos de lo normal.

Kym anduvo por entre los pasillos de mercancía que había organizado DAQ-7, intentando encontrar algo que le hiciera recordar su origen o, al menos, el motivo de su detención.

—Al final has terminado por bajar —dijo Thaw, que caminaba junto a mí, seguido de Naggadik y Garrune.

—Eres muy persuasivo —contesté con una sonrisa.

Nahie hizo un comentario que no llegué a oír, pues fue silenciado por un grito de sorpresa. Volvimos la vista hacia Kym, que se encontraba agachada con un objeto reluciente entre sus manos.

—Fue un regalo de mi padre —dijo al fin, sosteniendo cuidadosamente entre sus manos un reluciente cubo que combinaba formaciones cristalinas con metal. Cabía en la palma de una mano y sus partes metálicas estaban decoradas con grabados ancestrales.

—¿Y eso qué es? —preguntó extrañado Thaw.

—Es un holocrón —contesté, mirándolo fijamente, y de inmediato todos me miraron fijamente—: un aparato de tecnología holográfica primitiva en el que se guardan las enseñanzas de los Jedi, y al que sólo pueden acceder los usuarios de la Fuerza.

—Ajá —asintió Thaw—. Entonces… ¿Qué hacía tu padre con uno de esos, Kym?

—Mi padre… era un estudioso de los Jedi.

—¿”Era”? —preguntó Thaw.

—Fue asesinado por las tropas de asalto imperiales en un registro —contestó Kym, mirando con ojos vidriosos hacia el holocrón, que de algún modo le había hecho recordar lo ocurrido—, junto con el resto de mi familia. Yo escapé de aquella masacre por casualidad, porque estaba en Bespin con mis compañeros de la Universidad.

“En el viaje de regreso, una patrulla imperial subió a la nave cuando hacíamos una parada en Corellia. Por alguna razón, prefirieron hacerme presa a matarme allí mismo.

—No habría necesidad de montar un espectáculo —dijo Thaw—. Probablemente, sería más rentable lavarte el cerebro y tenerte a disposición del Imperio.

—¡Jamás! —exclamó Kym—. Yo nunca…

—Eso piensas ahora —le cortó Thaw—. Pero pueden llegar a ser muy convincentes. ¿Nunca te has parado a pensar qué ocurrirá cuando los soldados clon envejezcan? Ellos tardan la mitad que un humano corriente. ¿Crees que el Imperio seguirá pagando la creación de nuevos clones? Las Guerras Clon han resultado muy caras a las arcas imperiales, y la manera más barata de mantener el Gran Ejército Imperial es reclutar soldados y moldear sus mentes para obedecer ciegamente. Ya han empezado, según tengo entendido. No digas “nunca” tan a la ligera…

—Cuéntanos más sobre tu padre, Kym —le pedí.

—Pues… Era un buen hombre. Era profesor de Historia Galáctica en la Universidad de Obroa-Skai, donde yo estudiaba. Siempre se interesó por los Jedi. Los veneraba, por así decirlo. En su biblioteca tenía centenares de tomos relativos a los Jedi. Incluso, mi hermana me dijo que un día lo vio encendiendo un sable de luz que había sacado de su caja fuerte.

—¿Cómo pudo conseguirlo? —pregunté.

—No lo sé. Nunca llegué a verlo. Puede que ni siquiera exista, como la colección de artefactos Jedi que mi hermana decía que tenía mi padre. Yo era la menor y a ella le encantaba impresionarme.

—Entiendo… —asentí, pensativo—. ¿Me lo dejas un momento?

—Claro —dijo ella, entregándome el holocrón—. Pero ten mucho cuidado con él.

—Por supuesto —contesté.

Lo sostuve un momento, mirándolo detenidamente, maravillándome por los diseños cristalinos que había en su interior. Curiosamente, pese a ser usuario de la Fuerza, no ocurrió nada.

Mi Maestro, como cualquier otro Maestro Jedi, tenía acceso a los holocrones que custodiaba la Maestra Jocasta Nu en los Archivos del Templo Jedi. Gracias a ellos, obtuvo un mayor conocimiento de la Fuerza.

Según me contó, existían diversos tipos de holocrones, tanto en su forma como en su modo de activación. Algunos precisan que el propio dueño pronuncie una contraseña o toque una parte determinada de su superficie. También se daba el caso de holocrones que se activaban en manos de cualquiera que empleara la Fuerza. Pero, al parecer,  aquél no era el caso.

Me concentré durante unos instantes, pasé mi mano por toda su superficie… pero no ocurrió nada.

—¿Qué estás haciendo? —dijo Kym—. ¿Te crees una especie de Jedi?

—Soy un Jedi —contesté.

Kymeire se quedó muda durante un momento, llevándose la mano a la boca. Me miró como si acabara de ver a un fantasma, lo cual me hizo sentir muy incómodo.

—Pero… —consiguió decir— No puede ser… El Emperador dijo que los Jedi conspirásteis contra su vida y contra la República… Que érais unos traidores…

—Lo mismo han dicho de ti, ¿no? Ésa es la versión oficial. Yo no me la creo, ¿y tú?

—Bueno… Eran días de incertidumbre…

—Déjalo. Eso ya no importa. Fuiste engañada, al igual que el resto de la galaxia.

—Pero todos fueron… eliminados. ¿Cómo lograste escapar a la Purga Jedi?

—Es una larga historia. Mejor en otro momento —dije, volviendo mi atención al holocrón.

 —¿Cualo tusa ‘tentan hacer? —preguntó Garrune.

 —Al ser accionado, el holocrón muestra a su Guardián, el Jedi que guardó en él sus conocimientos. Hay varios métodos, y sólo espero que no sea una contraseña, porque pondría las cosas bastante difíciles —Miré a Kym—. A menos que no quieras saber qué contiene.

 —Sería una locura no quererlo —contestó ella—.

 —¿Lo has probado ya todo? —preguntó Nahie.

 —Lo he intentado mediante la Fuerza. Si fuera un holocrón piramidal, debería usar el Lado Oscuro, pero no es el caso, y, de todas maneras, me abstendría de hacerlo, la verdad. También lo he probado tocando cada parte, por si hubiera un mecanismo o un contacto, pero tampoco sirve. Me estoy quedando sin recursos.

 —Perdonen —interrumpió DAQ-7—, tras el análisis de la tarjeta de identificación de la señorita Kymeire, queda confirmado que la detención se efectuó en Corellia. No obstante, el dato referente al destino ha sido encriptado antes de ser borrado, lo cual dificulta el proceso.

 —Alguien no quiere que se sepa a dónde te llevaban —le dije a Kym.

 —Si queremos saber hasta dónde llega esto, sólo tenemos que ir a su origen —dijo Thaw.

 —¿Pero cuál es su origen? —preguntó Nahie, cada vez más confuso.

 —Caamas —dijo Kym.

 —¿Es tu planeta? —preguntó Nahie.

 —Allí está mi hogar.

 —Creía que allí sólo vivían caamasi, bothan y algunas colonias de ithorianos.

 —No hay muchos humanos; es verdad. Pero mis padres se conocieron allí, y allí nos criaron a mi hermana y a mí. Eran tiempos más felices…

 —¿Qué ocurrió tras tu detención en Corellia? —le pregunté—. ¿Te trajeron directamente hasta aquí?

 —No… —contestó ella, lacónicamente—. Al parecer, las autoridades de Caamas me reclamaron. Allí me torturaron hasta perder la consciencia. No tengo idea de cuánto les dije, si es que llegaron a preguntarme algo. Sólo recuerdo que me dijeron qué les habían hecho a mi familia por no colaborar con ellos. Después de eso… nada. Ni siquiera el traslado al carguero.

 —Debimos haber interrogado a los imperiales del carguero —dije, mirando a Thaw.

 —No los necesitamos —dijo él, impasible—. Las respuestas las encontraremos en Caamas.

 Continuará

 Esta historia ha sido escrita por Santiago Benítez Buitrago en agosto de 2005. Queda prohibida su reproducción total o parcial por cualquier procedimiento sin permiso escrito del autor. Los personajes aquí descritos son ficticios. El Universo Star Wars se ha tomado como referencia y es propiedad de LucasFilms Ltd, y citado sin ánimo de lucro. Las definiciones de holocrón han sido tomadas en parte de Star Wars: Fact File de Planeta DeAgostini y de http://www.loresdelsith.net/universo/fuerza/Jedi/index.htm

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